sábado, 28 de agosto de 2010

Instrucciones para emigrar a la Patagonia, por Luisa Peluffo


Y...



Podrás enamorarte de un instructor de esquí, pero acordate
que cuando termina la temporada va sin equipo y no tiene la
montaña nevada de fondo.

Podrás hacer muchos asaditos durante el verano; pero por
favor hacelos en tu casa que si no, nos vamos a quedar sin
bosques.

Acordate que con el clima seco patagónico, una lata,
un pedazo de vidrio, entran facilmente en combustión y un
bosque que se incendia tarda mínimo cincuenta años en
recuperarse.
?
Podrás atiborrarte de chocolate, waffles, dulces caseros,
frambuesas con crema y helados artesanales, pero después
no te quejes si bajás rodando la montaña.

Podrás tener una batata o un 4x4, lo importante es que
ande y te impida mojarte cuando llueve y pasar frío cuando
nieva. Preferible con tracción delantera. Por las subidas…

Podrás ser Fangio al volante – no lo dudo – pero cuando
nieva, haceme caso: no saques el auto.

Podrás hacer cumbre en algún cerro y agrandarte de
manera insoportable. Lo que no debés hacer jamás es andar
solo en la montaña. Es muy fácil perder la orientación, o
lastimarse. Un simple esguince puede hacerte pasar un mal
rato si estás solo y tenés que recorrer un largo trecho de regreso.

Tampoco te largues a cualquier hora y sin asesoramiento.
Consultá siempre al guardaparque, o al Club Andino del lugar
en que te encuentres, antes de emprender un paseo y avisá que
saliste y la hora en que pensás regresar, y acordate de que el
tiempo que te lleva de ida la excursión, lo tenés que computar
para el regreso.

Podrás estar solo/a o en pareja, que aquí lo de en las buenas
y en las malas va en serio. No hay ni madres ni padres, ni
hermanos, tíos o abuelos y hasta los mejores amigos quedaron
a 1800 km...

Podrás venir huyendo de la inseguridad, pero cuando llegues
tratá de que no se declare una guerra (como nos pasó a nosotros).

Podrás conseguir un laburo buenísimo o una changuita,
pero para empezar, venite con un mínimo ingreso asegurado.

Podrá ser una choza o un iglú, pero venite con un
alojamiento básico asegurado.

Podrás comprar un lote en la cima de una montaña, pero
(a no ser que te dé por la onda ultra primitiva) antes de cerrar
trato asegurate de que cuente con agua y electricidad y que
el acceso no sea una tortura.

Podrás instalarte a orillas de un lago, con una vista
espectacular, pero acordate que las costas en general (y la del
Nahuel Huapi en particular) son muy ventosas...

Podrás tener muchas oportunidades de trabajo en una
gran ciudad y ganarás el triple. Aquí podés volver todos los
días a tu casa a almorzar.

Podrás disfrutar todos los entretenimientos y actividades
culturales que te ofrece una gran ciudad. Aquí vivís en medio
de un paisaje maravilloso y al mediodía (o los fines de semana)
podés hacerte una escapada a la orilla de un lago o a la
montaña, algo que te renueva como si hubieras tomado una
semana de vacaciones.

Podrás enterarte de que en Buenos Aires, Córdoba o
Rosario padecen 40° y 100 % de humedad, que vos seguís
con la campera puesta, porque lo que es aquí, siempre está
fresquito y seco.

Podrás extrañar a la familia y a los amigos (o quejarte de
que te visitan demasiado) pero tus vacaciones las tenés
solucionadas.

Podrás amar la naturaleza, el andinismo, la vida de
campamento, el esquí y la pesca o ser un tronco para
cualquiera de esas cosas y rezongar, putear o desesperarte. Lo
único que se necesita para vivir en el Sur es sentir que aquí
estás en armonía. Que este es tu lugar.

Luisa Peluffo, en
“Me voy a vivir al sur, Manual de Instrucciones para emigrar a la Patagonia”

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